Antes de la unión dinástica, Navarra era un reino independiente con una larga historia y una identidad propia. Por otro lado, Castilla era uno de los reinos más poderosos de la península ibérica, con una fuerte influencia tanto política como cultural. La relación entre ambos territorios siempre había sido compleja, marcada por conflictos y alianzas cambiantes.
En el siglo XV, Navarra se encontraba en una posición delicada. Su situación geográfica la convertía en un territorio estratégico, lo que la hacía objeto de disputas entre Castilla, Francia y Aragón. Además, la debilidad de su monarquía y las luchas internas entre nobles dificultaban su estabilidad política.
En este contexto, Fernando el Católico aprovechó la oportunidad para expandir sus dominios y consolidar la unión de los reinos cristianos de la península. En 1512, tras la muerte de la reina Catalina I de Navarra, Fernando invadió el territorio navarro con el pretexto de reclamar la corona a favor de su hija, Leonor de Navarra, quien era la heredera legítima.
La conquista de Navarra fue rápida y contundente. Las tropas castellanas, junto con el apoyo de los nobles navarros partidarios de Fernando, lograron someter al reino en poco tiempo. Así, Navarra pasó a formar parte de la Corona de Castilla, poniendo fin a su independencia y su gobierno autónomo.
La anexión de Navarra supuso un importante cambio en la historia de la península ibérica. Por un lado, Castilla amplió sus fronteras y reforzó su posición como potencia dominante en la región. Por otro lado, Navarra perdió su soberanía y su identidad como reino independiente, quedando subordinada a la corona castellana.
La unión dinástica de Navarra con Castilla tuvo profundas implicaciones en ambos territorios. En primer lugar, provocó una profunda transformación en la estructura política y administrativa de Navarra. Se eliminaron las instituciones propias del reino y se impuso el sistema feudal castellano, lo que generó tensiones y conflictos con la población local.
Además, la anexión de Navarra a Castilla supuso la pérdida de su autogobierno y de su capacidad para tomar decisiones soberanas. Navarra pasó a depender de la corona castellana en asuntos políticos, fiscales y militares, lo que limitó su autonomía y su capacidad de acción en el contexto internacional.
Por otro lado, la unión dinástica con Castilla también tuvo repercusiones en la cultura y la identidad de Navarra. La influencia castellana se hizo cada vez más evidente en el arte, la literatura y la lengua del territorio navarro, lo que contribuyó a la paulatina pérdida de su idiosincrasia y de su patrimonio cultural.
A pesar de las diferencias y los conflictos que surgieron a raíz de la unión dinástica, la historia de Navarra con Castilla también está marcada por momentos de cooperación y entendimiento. Ambos territorios compartieron siglos de convivencia y de intercambio cultural, lo que contribuyó a enriquecer su historia común.
Hoy en día, la unión dinástica de Navarra con Castilla sigue siendo un tema controvertido y polémico en la historiografía española. Mientras algunos historiadores la consideran como un paso necesario para la consolidación de España como nación, otros la ven como un episodio de conquista y dominación que causó un profundo impacto en la identidad de Navarra.
En definitiva, la unión dinástica de Navarra con Castilla fue un acontecimiento histórico de gran trascendencia que dejó una profunda huella en la historia de ambas regiones. A través de este episodio, se pueden comprender mejor las complejas relaciones entre los reinos de la península ibérica y la evolución de la identidad y la cultura de Navarra a lo largo de los siglos.