La invasión aragonesa de Navarra fue un acontecimiento crucial en la historia de la región, que tuvo profundas repercusiones en la configuración política y territorial de la península ibérica en la Edad Media. Para entender este episodio, es necesario remontarnos a los antecedentes históricos que marcaron las relaciones entre el Reino de Navarra y el Reino de Aragón.
En el siglo XI, ambos reinos se encontraban en una posición de relativa debilidad frente a los poderosos reinos vecinos, como el Reino de Castilla y el Reino de León. Esta situación los llevó a buscar alianzas estratégicas para hacer frente a posibles amenazas externas. A lo largo de los siglos siguientes, las relaciones entre Navarra y Aragón fueron cambiantes, marcadas por alianzas y conflictos esporádicos.
Uno de los momentos clave en la relación entre Navarra y Aragón fue la unión dinástica que se produjo en el siglo XII, cuando el rey de Aragón, Alfonso I el Batallador, se casó con la reina de Navarra, Urraca Garcés. Esta unión dinástica no solo consolidó los lazos entre ambos reinos, sino que también sentó las bases para una posible incorporación de Navarra a la corona de Aragón en el futuro.
Tras la muerte de Alfonso I el Batallador en 1134, la corona de Aragón pasó a manos de Ramiro II el Monje, mientras que en Navarra reinaba García Ramírez, hijo de Urraca Garcés. A lo largo de los siglos siguientes, las relaciones entre Navarra y Aragón se mantuvieron en general pacíficas, aunque hubo momentos de tensión debido a disputas territoriales y conflictos por el control de ciudades estratégicas en la frontera entre ambos reinos.
La invasión aragonesa de Navarra tuvo lugar en el año 1512, cuando el rey de Aragón, Fernando el Católico, decidió aprovechar la debilidad interna de Navarra para llevar a cabo una ambiciosa empresa militar con el objetivo de anexionar el Reino de Navarra a sus dominios. Esta decisión provocó un profundo malestar en la población navarra, que resistió tenazmente la invasión aragonesa.
La invasión aragonesa de Navarra tuvo profundas repercusiones políticas y sociales en la región. Por un lado, se produjo una drástica reorganización del territorio, con la división de Navarra en tres partes: la Navarra peninsular, que quedó bajo control aragonés; la Navarra ultrapirenaica, que mantuvo su independencia; y el Valle de Baztán, que pasó a formar parte de Francia.
Además, la anexión de Navarra a la corona de Aragón supuso la pérdida de la autonomía e identidad política del reino, que pasó a ser administrado desde Zaragoza por los virreyes aragoneses. Esta situación generó un profundo descontento entre la población navarra, que se vio sometida a un gobierno extranjero y a políticas centralizadoras que erosionaron su cultura y tradiciones.
En el plano social, la invasión aragonesa de Navarra provocó la salida de una parte de la población navarra hacia el norte, donde se mantuvo la resistencia al dominio aragonés. Este éxodo de población tuvo importantes consecuencias demográficas y económicas en la región, que se vio empobrecida y despoblada como resultado de la guerra y la represión política por parte de las autoridades aragonesas.
La invasión aragonesa de Navarra dejó un legado histórico complejo y controvertido en la región. Por un lado, supuso la integración de Navarra en la corona de Aragón, lo que contribuyó a la consolidación de la monarquía española y al fortalecimiento del poderío de los reyes de Aragón en la península ibérica. Sin embargo, también marcó el comienzo de una etapa de dominación extranjera en Navarra, que duraría siglos y tendría profundas repercusiones en la identidad y la autonomía del pueblo navarro.
A lo largo de los siglos siguientes, la memoria de la invasión aragonesa de Navarra ha sido reavivada en numerosas ocasiones por movimientos nacionalistas y independentistas, que han reivindicado la soberanía del pueblo navarro y la restitución de sus antiguos derechos y privilegios. En la actualidad, la cuestión de la independencia de Navarra sigue siendo un tema controvertido y complejo, que divide a la sociedad navarra y plantea importantes desafíos políticos y sociales para el futuro de la región.