Desde mediados del siglo XIX, España se vio envuelta en una serie de conflictos conocidos como las Guerras Carlistas, que enfrentaron a los partidarios del pretendiente al trono Carlos María Isidro de Borbón, conocidos como carlistas, contra los partidarios de la reina Isabel II, conocidos como isabelinos. En Navarra, la presencia de los carlistas fue especialmente fuerte debido a la tradición conservadora y tradicionalista de la región.
La Primera Guerra Carlista estalló en el año 1833, tras la muerte de Fernando VII y la proclamación de su hija, Isabel II, como heredera al trono. Los carlistas no reconocieron la legitimidad de Isabel II y comenzaron a organizarse en diversas regiones de España, incluyendo Navarra.
Con el paso de los años, la Primera Guerra Carlista se extendió por toda Navarra, convirtiéndose en uno de los principales focos de conflicto en la región. Los carlistas, liderados por destacados líderes como Zumalacárregui, llevaron a cabo numerosas acciones militares contra las tropas isabelinas, que intentaban controlar la región.
A pesar de la superioridad numérica y militar de las tropas isabelinas, los carlistas lograron mantener una férrea resistencia en Navarra, gracias al apoyo de la población local y a su conocimiento del terreno. Las montañas y bosques de la región se convirtieron en refugios seguros para los guerrilleros carlistas, que hostigaban constantemente a las tropas enemigas.
Tras varios años de conflicto, en el año 1839 se firmó el Convenio de Vergara, que puso fin de forma oficial a la Primera Guerra Carlista. Sin embargo, la resistencia carlista en Navarra continuó durante varios años más, lo que obligó a las autoridades isabelinas a llevar a cabo un proceso de desarme y desactivación de los focos de resistencia en la región.
Para lograr el desarme de los carlistas en Navarra, las autoridades isabelinas llevaron a cabo una serie de medidas represivas que incluyeron el arresto y la ejecución de destacados líderes carlistas, así como la confiscación de armas y la persecución de los guerrilleros que seguían activos en la región.
El desarme de los carlistas en Navarra tuvo importantes consecuencias para la región, tanto a nivel político como social. La represión isabelina dejó una profunda huella en la población navarra, que sufrió las consecuencias de la guerra y de la posterior represión durante muchos años.
Tras el desarme de los carlistas, Navarra experimentó un periodo de relativa calma y estabilidad, aunque las tensiones entre las diferentes facciones políticas y sociales de la región seguían latentes. La presencia isabelina se consolidó en Navarra, aunque hubo siempre un importante sector de la población que mantuvo simpatías hacia el carlismo.
En resumen, el desarme de los carlistas en Navarra marcó el final de un periodo de intensos conflictos y violencia en la región, aunque las secuelas de la guerra y de la represión isabelina perduraron durante mucho tiempo en la memoria colectiva de los navarros. La pacificación de Navarra abrió un nuevo capítulo en la historia de la región, que todavía sigue resonando en la actualidad.