La disputa sucesoria que desencadenó la Primera Guerra Carlista se remonta a la muerte del rey Fernando VII en 1833. En ese momento, se planteó la cuestión de quién debía ocupar el trono, si su hija Isabel II o su hermano Carlos María Isidro.
Los carlistas, partidarios de Carlos, consideraban que la Ley Sálica debía prevalecer y que por lo tanto, el trono debía ser para él, mientras que los isabelinos defendían la legitimidad de Isabel como heredera legítima.
La guerra se prolongó durante seis años, con importantes batallas como la de Oriamendi, en la que los carlistas resultaron victoriosos, o la toma de Bilbao por parte de los isabelinos en 1835. Ambos bandos sufrieron numerosas pérdidas y la población civil se vio afectada por las consecuencias del conflicto.
Tras años de conflicto, ambas partes comenzaron a plantear la posibilidad de una solución negociada. Las conversaciones se iniciaron en el verano de 1839 y finalmente culminaron en la firma del Convenio de Vergara el 31 de agosto de ese mismo año.
El convenio establecía una serie de condiciones, entre las que destacaban la amnistía para los combatientes carlistas, la promesa de respetar sus propiedades y la integración de los soldados carlistas en el ejército isabelino.
El Convenio de Vergara puso fin a la Primera Guerra Carlista, aunque no logró solucionar definitivamente el conflicto sucesorio. A pesar de ello, supuso un paso importante hacia la reconciliación de las dos facciones enfrentadas.
La firma del convenio significó también el fin de una etapa de violencia y sufrimiento para la población civil, que había padecido las consecuencias de la guerra. Sin embargo, las tensiones políticas y sociales persistieron en España durante décadas.
El Convenio de Vergara es considerado un hito en la historia de España, ya que sentó las bases para la pacificación del país y el restablecimiento de la estabilidad política. Aunque los enfrentamientos entre carlistas e isabelinos no desaparecieron por completo, el acuerdo contribuyó a atenuar las tensiones y a abrir un periodo de relativa calma.
En definitiva, el Convenio de Vergara fue un paso crucial en la historia de España, ya que puso fin a una guerra fratricida que había causado sufrimiento y división en la sociedad. Aunque sus efectos fueron limitados en términos de solución definitiva del conflicto sucesorio, sentó las bases para la reconciliación y la reconstrucción nacional.